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Aprendiendo con una maestra de refugiados

Cuando estudiaba, tuve la suerte de tener a excelentes maestros (como una maravillosa bibliotecaria en cuarto grado y un maestro de química en secundaria) que me motivaron a tratar de dar lo mejor de mí mismo. Me ayudaron a convertirme en la persona que soy hoy.
Recientemente, conocí a una extraordinaria maestra que hace exactamente eso, pero con jóvenes cuyas vidas están llenas de obstáculos que yo jamás podría haber imaginado cuando iba a la escuela. Se llama Mandy Manning y enseña inglés y matemáticas en Spokane (Washington) a adolescentes inmigrantes y refugiados que acaban de llegar a los Estados Unidos. Provienen de muchos países del mundo, como Siria, Guatemala, Afganistán, Myanmar, Sudán, México, Tanzania e incluso las islas Chuuk. Cuando llegan a la escuela, estos chicos hablan muy poco o nada de inglés. Algunos también están muy rezagados en otras materias después de meses o incluso años viviendo en campos de refugiados. Mandy es la primera maestra con quien se encuentran en este país.
Como reconocimiento a su trabajo, Mandy ha sido nombrada Maestra del Año 2018 del estado de Washington. También tuvo el gran honor de ser nombrada Maestra Nacional del Año por su labor a la hora de «ayudar a los estudiantes a procesar el trauma, homenajear sus culturas y países natales, y aprender sobre su nueva comunidad». Como otros maestros del año de las últimas ediciones (consulte los artículos aquí, aquí, aquí y aquí), tuvo la amabilidad de acudir a mi oficina para contarme más cosas sobre ella y sus alumnos.
Mandy trabaja en el Newcomer Center de Ferris High School, fundado en 1997 con el fin de ayudar a jóvenes inmigrantes y refugiados a adaptarse en los Estados Unidos. Yo hace años que viajo a menudo a Spokane para visitar a familiares, por lo que conozco bastante la ciudad, pero no tenía ni idea de lo diversa que es la población estudiantil. Mandy me contó que en el distrito se hablan 77 lenguas distintas. No es extraño que en una misma clase tenga a 12 estudiantes que hablen 8 lenguas distintas.
«Muchos de mis alumnos han pasado por muchos traumas antes de llegar a los Estados Unidos —me dice—. Han vivido guerras, extrema pobreza, persecuciones por motivos religiosos y políticos o la pérdida de seres queridos. Y no es todo color de rosa cuando llegan acá. Hay días en los que sufren de choque cultural o estrés postraumático. Además, ahora todo ha empeorado un poco porque la gente siente que tiene el derecho de hacer comentarios motivados por el odio».
Aun así, Mandy asegura que sus alumnos «albergan una esperanza innata, porque han logrado llegar con vida. Están muy emocionados de poder ir a la escuela —me cuenta—. Es un momento de su día en el que saben perfectamente qué va a pasar». Normalmente pasan un semestre en el Newcomer Center y luego los transfieren a Ferris High School o a alguna otra escuela de secundaria de Spokane. Pasan cinco periodos al día con Mandy, con quien aprenden inglés y matemáticas, y un periodo con otro maestro con quien adquieren competencias básicas de informática (aprenden a usar un software o a navegar por la red). También tienen la oportunidad de interactuar con los demás alumnos de Ferris High School, con quienes van a shows de porristas y eventos deportivos, y trabajan en la tienda de la escuela. Es una excelente forma de hacer amigos, practicar inglés y adaptarse a su nueva comunidad.
Mandy comparte conmigo algunas de las historias más conmovedoras de sus alumnos. Me habla de una chica de Sudán de unos 14 años que llegó al Newcomer Center en el 2012, después de pasar gran parte de su vida en un campo de refugiados en Kenia. Cuando llegó a Spokane, la chica estaba en cuarto grado y hablaba muy poco inglés. Sin embargo, con mucho esfuerzo por su parte y con el apoyo de sus maestros, logró terminar los estudios de secundaria en cuatro años. A día de hoy, está matriculada en una universidad del estado de Washington, en la que estudia Magisterio de primaria.
No todos los días tengo delante a una Maestra Nacional del Año, así que aprovecho para preguntarle cómo ha sido la experiencia. Este año no trabaja en el salón de clase, sino que se dedica a visitar escuelas y a conversar con educadores por todo el país. Me dice que su trabajo actual le recuerda a su estancia en Armenia con el programa del Cuerpo de Paz. «Es como un intercambio cultural —me explica—. Yo voy transmitiendo todo lo que aprendo, y ellos, espero, también aprenden algo de mí».
Además de para escuchar y aprender, Mandy también utiliza su plataforma para transmitir sus ideas sobre el modelo de educación que ha desarrollado durante sus 19 años de trayectoria profesional. Cree firmemente que las clases tendrían que ser relevantes para las vidas de los estudiantes, y asegura que cuando esto sucede, cuando uno se siente realmente motivado por lo que está aprendiendo, «puede viajar en el tiempo hacia el futuro y verse estudiando en una universidad». También denuncia las disparidades existentes entre las escuelas de altos y bajos ingresos, y aboga incansablemente por dar voz a los maestros en el ámbito de la política de la educación. (Publicó un excelente artículo en TGN al respecto).
Al escuchar a Mandy hablar sobre sus estudiantes me acuerdo de una de las grandes fortalezas de la educación pública en los Estados Unidos: tiene el objetivo de ayudar a todos los estudiantes a alcanzar el éxito. Ahora bien, el hecho de que en algunos lugares no hayamos logrado aún este ideal no debería camuflar los éxitos alcanzados en Spokane y otras ciudades del país. Y detrás de cada una de estas historias de éxito siempre hay algún maestro con mucho talento y gran dedicación, como Mandy Manning.


